sábado, 16 de febrero de 2013

¿Dónde están las putas en esta ciudad?


Suele decir un viejo amigo chileno, Fermín: “En el fútbol tengo a mis mejores amigos y a mis peores enemigos”. En mi caso, creo que los primeros son un ejército mucho mayor que la anti fuerza que representan los detractores. No es fácil salir bien librado en estos menesteres periodísticos del ejercicio de la crítica. En el camino quedan relaciones rotas y sanas intenciones truncadas. La buena fe no basta.
El fútbol nos ha permitido cosechar amigos y excelentes relaciones,  porque ha sido el vínculo con tantos hechos cotidianos, que termina involucrándose en cada paso de nuestra existencia. La clave está en asimilar a nuestros íntimos a esta religión que profesamos los adoradores obnubilados de la pelota, que no nos deja muchas veces ver más allá de nuestras narices.  Pensar que sólo es válida la redondez del mundo y que padres, novia,  mujer, hijos, amigos y todo ser humano en nuestro entorno tiene que calarse esta enfermiza pasión.
Cómo hacer posible que un partido de fútbol sea un motivo para sacar a nuestra tribu familiar de la rutina de sus días,  en un fin de semana o el asueto  que hace rato nos robó el balón.  Aprovechar la fecha del calendario en Puerto La Cruz y llevarlos a la playa. A Caracas para que suban al Avila. A los Carnavales de El Callao, por estos días.
De repente, este deporte tan gentil como artero, también nos coloca en el horizonte la oportunidad de establecer contactos maravillosos cuando viajamos a otros países, donde la arraigada cultura machista criolla se desborda en una interrogante una vez a la  llegada: “Dónde están las mujeres –digo “Putas”- en esta ciudad”. No digo más.
Ir al mercado público, subirse a un autobús con el común, entrar a un restaurant típico y saborear las esencias del lugar, visitar los sitios emblemáticos, caminar sectores populares sin prejuicio y hacer  ejercicio de embajador del país ante cada persona que nos aborda, es un ejercicio demasiado gratificante para quienes vemos en cada geografía diferente y en los rostros extraños la posibilidad de nutrirnos cultural y espiritualmente.
Así,  por esas cosas del destino, una vez nos vimos entre pirámides, esfinges y faraones en el Egipto que estudiamos en el colegio. Farías y sus muchachos Sub-20 fueron los genios de la lámpara que nos pusieron en esa lejana tierra en el 2009 en un sueño realizado para el balompié venezolano.
Escapado en una pausa del torneo, fui a parar solitario a la mediterránea Alejandría, con su biblioteca de siglos y su costanera avenida La Corniche. Nada más fue llegar y sentir que pertenecíamos a aquella estancia, donde ni el límite del idioma ni las ancestrales creencias religiosas,  impidieron esa relación humana, incitada por el interés de abordar al visitante extraviado.
De allí nació una perdurable relación con un anfitrión excepcional. No era un comerciante más, era él y su familia en hábitos musulmanes, que me tendía una mano mientras requería unos lentes para mi esposa. Con esa confianza que trasciende cualquier  barrera y se respira entre los hombres de buena fe, departimos un tabule que sabía a gloria.
Quedó en pie la propuesta de reunirnos un  día no muy lejano en torno de una mesa servida con “Koshari”, el sencillo como indescriptible plato típico de los egipcios. Aquello pareció una simple promesa, compartida sin futuro,  de ciudadanos de dos  mundos diferentes,  en las antípodas de la historia, de las costumbres, de todo.
Hoy, debo rebelarles, estamos sentados en mi casa con el amigo Ahmed Altaiby, saboreando el “Koshari”, después de disfrutar el espectáculo de su preparación con los condimentos y aromas traídos desde tan enigmática tierra.
Gracias al fútbol que me ha dado tanto, incluso un amigo como Ahmed y un lector como tú, parafraseando a Juan Vené.
Twitter: @megasportradio

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